¿Cuántos cocineros españoles sabían que esta semana Marsella se iba a convertir el 15 y 16 de marzo en capital europea de la alta cocina? ¿Cuántos profesionales de aquí sabían que allí, entre pesos pesados de la gastronomía continental, nuestro país iba a contar con una representación en busca del pase a la final del concurso culinario más prestigioso del mundo? Nos atreveríamos a decir que pocos. O muy pocos. Como si los Pirineos ejercieran de pantalla insalvable, la cocina española ha vivido al margen del hecho de que uno de los suyos, el chef Adolfo Santos, estaba buscando dar lo mejor de sí en el Bocuse d’Or Europa.
Nos preocupa y mucho la falta de interés que en España despierta el Bocuse d’Or. Mientras en el resto de grandes potencias culinarias del mundo se presta atención a esta exigente competición internacional, aquí aparece ninguneada, orillada e infravalorada como si se tratara de una cita caduca. Y nada más lejos de la realidad.
El Bocuse d’Or no solo es una plataforma excelente para el crecimiento profesional y el contacto con la singular mirada de cocineros de otros países. También es un escenario único en el que se suceden las técnicas depuradas, el máximo rigor y la precisión estética. Todo ello mientras no deja de apuntarse a tendencias como el aprovechamiento o la cocina vegetal. En definitiva, un foco de indudable interés para el oficio.
Se dio la espalda a Marsella. Y en Marsella también se nos dio la espalda.

Al final, posición 19 de 20 candidatos. Por detrás, solo Estonia. Por delante, países como Rumanía, Polonia, Eslovaquia, la República Checa, Lituania o Letonia. Y eso que uno de los platos debía girar en torno a los sabores del Mediterráneo. Si el danés Christian Wellendorf se llevó la victoria con 2334 puntos, Adolfo Santos alcanzó los 1449 puntos. Lejos, muy lejos del ganador. Y muy lejos también del décimo puesto que daba acceso a una final que llevamos sin pisar desde 2011. Quince años.
Una final en la que sí estarán Dinamarca, Noruega, Italia, Suecia, Francia, Finlandia, Reino Unido, Bélgica, Hungría e Islandia. Plazas bien ganadas porque, sencillamente, ahí sí se toma en serio el concurso, poniendo los recursos necesarios para que el talento se imponga.
En definitiva, toca analizar de nuevo los motivos de este traspiés. No tanto para cuestionar el trabajo realizado por el candidato sino para denunciar la peligrosa autocomplacencia a la que parece abocada la cocina española, no interesada en demostrar que la excelencia técnica también cabe en nuestro país. Al fin y al cabo, en el Bocuse d’Or no basta con pasión ni con talento. Hablamos de la Champions del rigor, de la precisión en cada detalle. Y eso requiere de una preparación adecuada, de un verdadero apoyo sectorial y de una inversión acorde.
